
Hay días en los que la tecnología parece magia pura y otros en los que, casi sin darte cuenta, te pega un bofetón de realidad que te deja sentado. Ayer viví exactamente esa segunda experiencia. Fue una de esas jornadas intensas, de aprendizaje a base de golpes, de las que te hacen replantearte muchas cosas sobre cómo trabajamos, cómo delegamos en la inteligencia artificial y hasta qué punto cuidamos lo que construimos en internet. Es la crónica exacta de lo que ocurre cuando la IA borra tu web tras más de una década de historia online.
Llevaba ya bastantes horas metido de lleno en el servidor, trasteando con la inteligencia artificial como copiloto técnico. Estábamos haciendo ajustes, configurando cosillas y resolviendo dudas en el entorno. Cuando estás en esa racha donde cada comando que te sugiere la IA parece funcionar a la primera, entras en una especie de confianza ciega. Sientes que todo marcha sobre ruedas, que el asistente lo tiene todo bajo control y que nada malo puede pasar. Pero la realidad de los sistemas no perdona: basta un solo paso en falso para que una web con más de una década de historia simplemente se esfume del mapa.
1. La chispa que encendió el problema: CentOS 7 y el espejismo del plugin
Todo empezó porque el servidor pedía una puesta al día a gritos. La máquina corría sobre una versión de CentOS 7 que ya estaba bastante desfasada y acumulaba configuraciones antiguas, restos de herramientas que ya ni usaba —como una instancia de Plex sin licencia activa— y plugins olvidados en la trastienda de WordPress. La IA me iba marcando los puntos débiles del entorno, sugiriendo actualizar paquetes y limpiar dependencias. Y tenía toda la razón del mundo en el diagnóstico técnico: tocaba renovar el sistema operativo y sanear la infraestructura.
Antes de meterme en tareas mayores, tocaba cumplir con la regla de oro: hacer una copia de seguridad de la web. Aquí vino mi primer gran error de la jornada. En lugar de acceder por SSH como se ha hecho toda la vida, tirar un comando para volcar la base de datos limpia y empaquetar los directorios a mano —que habría sido lo más seguro y formativo—, decidí tirar por el camino fácil y delegarlo en un plugin de WordPress.
«El plugin hizo su proceso, me generó un archivo descargable y lo guardé en local: pesaba apenas 7 megabytes. Mi instinto me avisó a gritos de que aquello no cuadraba, pero la inercia me hizo continuar.»
En ese instante exacto se me encendió una pequeña bombilla en la cabeza: «¿Solo siete megas para una página que lleva viva desde 2014?». Mi instinto me estaba diciendo que ahí faltaba información por todos lados. Pero entre las prisas, el cansancio y la confianza de ver que la consola seguía respondiendo en verde, lo dejé pasar. Pensé que al haber pocos artículos quizá tenía sentido. Craso error.

2. El abismo de la pantalla en blanco
Seguimos avanzando con la actualización del servidor. La IA me daba comandos, yo los ejecutaba, los repositorios cambiaban y todo parecía avanzar. Hasta que llegó el punto crítico del reinicio y la reconfiguración de servicios. Al intentar cargar el dominio de nuevo en el navegador, no había nada. La página web simplemente había dejado de existir.
Empezó entonces la típica fase de pánico controlado donde intentas arreglar el estropicio con la misma herramienta que te ayudó a causarlo. Le pasaba a la IA los mensajes de error, los registros del sistema y las rutas rotas. Me ofreció decenas de alternativas, comandos de rescate y configuraciones distintas, pero ninguna encajaba con el desastre que teníamos montado. Cuando fui a recurrir a mi flamante archivo de copia de seguridad para restaurarlo todo desde cero, se confirmó la sospecha: el archivo de 7 megas era una cáscara vacía, corrupta o incompleta. No había nada dentro que sirviera para levantar el sitio.
3. Mirar hacia atrás: Arqueología digital y lo que realmente había ahí
Pasado el sofoco inicial y asumiendo que el servidor estaba completamente limpio, me senté a pensar qué era lo que realmente había perdido. Y la verdad es que, si soy completamente honesto conmigo mismo, el drama emocional era mucho mayor que el valor real del contenido que había online.
No tenía una biblioteca inmensa de artículos brillantes ni posts súper elaborados. De hecho, justo antes del desastre había estado revisando las entradas:
- Gestión de proyectos: Tres publicaciones con apuntes del último curso.
- Analítica: Un par de entradas sencillas sobre análisis de datos.
- Marketing: Algún texto suelto sobre cursos de SEO y creación de contenidos.
- Ocio & Subtítulos: Un post donde había subido los subtítulos del primer episodio de Mobland (Gangs of London).
Rebuscando en la caché de los buscadores pude comprobar que el primer artículo publicado databa de 2014. Me acordé perfectamente del momento en que lo escribí: estaba tumbado en una cama durante un viaje por Marruecos, redactando desde el móvil con muchísima ilusión. En estos doce años la web había pasado por varios proveedores y servidores distintos; la había mudado tantas veces que en algún rincón debería quedar un respaldo viejo, pero ayer fui incapaz de localizarlo. Diez años de dominio reducidos a la nada en cuestión de minutos.

4. Las lecciones aprendidas de este tropiezo
Ayer fue un recordatorio brutal de cómo debemos interactuar con la tecnología. Analizándolo en frío, saco tres aprendizajes clave que se me van a quedar grabados a fuego:
- Nunca te fíes a ciegas de la IA: La inteligencia artificial es un apoyo increíble para acelerar tareas, pero no razona con contexto real ni asume las consecuencias de un comando destructivo. Si no entiendes al cien por cien lo que estás ejecutando en una terminal, no lo ejecutes.
- Haz caso a tu instinto y haz doble verificación: Si algo te parece sospechoso —como una copia de seguridad que ocupa 7 megas—, párate en seco. No sigas adelante sin descomprimir el archivo, comprobar las tablas de la base de datos y verificar que los archivos esenciales están ahí.
- Mantén tus contenidos en local y en formatos simples: Nos complicamos la vida instalando decenas de plugins de respaldo y montando estructuras complejas cuando la solución más robusta es tener una copia de tus textos en local, en un documento de texto plano, Markdown o Google Docs. Si tienes el contenido en tu disco duro, la web se vuelve a montar en una tarde.
5. Empezar de cero con mejor base
Al final del día, decidí no flagelarme más. Más que un problema insalvable, he preferido tomármelo como una oportunidad para hacer borrón y cuenta nueva. Tenía una captura de pantalla reciente del mapa del sitio donde se leen los títulos de los artículos principales, así que tengo un punto de partida perfecto para reconstruir lo que realmente merezca la pena.
A veces necesitas que se caiga todo el tinglado para darte cuenta de que tenías una web cargada de plugins innecesarios, código obsoleto y artículos que ya no te representaban. Toca ponerse el mono de trabajo, configurar un servidor limpio y empezar a construir de nuevo, pero esta vez con cabeza, mejores hábitos y copias de seguridad de verdad.